La encantadora historia de la deformación entaconada

La deformación se daba a causa de su ambición y ganas de tomar toda la atención mundana a su favor. La elocuencia del deseo se convertía en su esencia material. Pero no hay que profundizar en ese escaparate, mas bien hay que ser claro. La deformación entaconada

Era un día lleno de resaca. En donde la magia de lo absurdo se adueñaba de lo lógico. Esta persona que sentía que su horizonte no tenia ni sol ni nubes, se deleitaba alimentándose de unos cigarrillos que había robado la noche en la cual pensaba que había sobrevivido. Su ansiedad la colmaba el sabor a nicotina que se desbordaba por su boca que al mezclarse con su saliva podía tragarse, sintiendo así satisfacción.

Era un ser de pocas convicciones ¿pues que es tener convicciones? se preguntaba él. El deseo a escapar lo hacían actuar de forma original, para algunos. Vivía en un mundo en donde el deseo era el castigo de existir. Un deseo disfrazado de querer que era llevado mas tarde al hacer. Pero el no quería ser parte de eso, solo añoraba poder ser, sin tener, pero el hacer era lo que más deseaba.

El describía el hacer como un acto de valentía, de amor, de pasión. En donde la sabiduría de la experiencia lo hacia conocer una realidad propia. Una realidad en donde los bisontes comían colibrís y los venados se convertían en verdugos de leones carroñeros pestilentes.

En el momento en el que ya sentía que estaba haciendo, el azote del deseo lo envolvía por el cuello y lo reprimía de nuevo al tener, destruyendo lo poco que había construido. Por todo esto es que su mayor deleite eran esos cigarrillos de tapa roja, solo roja. Pues lo hacían saborear la muerte y el olvido, al tener que someterse al deseo una y otra vez.

Era un hombre no muy alto, de esos que les llaman “estatura promedio”. Su obsesión por la música y el olor a pintura fresca, hacían que tuviera siempre un poco de ellas en todo momento. Su nariz alargada y voz profunda lo describían como una persona con facciones atroces para algunos. Pensaba que al ponerse tacones se vería mas alto y expresaba su ambición de llegar alto.

Vivía en un apartamento cerca a una avenida principal que había heredado de su tío abuelo “Armando”. El apartamento tenia paredes rojas y un piso de mármol no muy ostentoso. El olor a sopa de medio día era parte del ambiente matutino. Un sofá y un televisor sin pantalla con una foto de Salvador Dali en su interior eran los adornos que hacían que ese pequeño apartamento se convirtiera en su hogar. No le gustaba las camas, pensaba que en algún momento iba a ser comida de comején. Así que se acomodaba en un colchón, pero no cualquiera, uno que había conseguido en un trabajo en el cual le tocaba repartir muestras de implantes dentales en una feria de salud. Era uno de sus grandes tesoros, pensaba que era una clínica en casa, la tecnología ortopédica que contenía lo curaba de cualquier osadía diurna o en otros casos, nocturna.

Todos los días pensaba que hacer mirando por su ventana, de nuevo, alimentándose de cigarrillos.

Todas las ilustraciones son hechas por Monica Cordoba T.
CONTINUARA… 

La deformación entaconada

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s