Mi confidente es un “pirobo”

Eran más o menos las 6:30 PM y la diversión empezaba. Me dirigía a la terraza Pasteur a un encuentro con Joaquín. Un niño de 13 años que llenaba todo eso que me hacía falta, el cariño, una persona a quien le contaba mis más íntimos secretos, los vivía con él, mi confidente. Por eso trataba día de por medio ir a este sitio mágico. ¿Pero porque no contar como comenzó todo?Mi confidente es un pirobo

Yo tenía un negocio en el cual se encontraba todo tipo de baterías. Baterías para lámparas, linternas, relojes, etc. Era el mundo de las pilas. Muy cerca de ahí en el año 1990 se encontraba un centro comercial con tendencias bohemias, donde muchos de sus negocios se centralizaban en el entretenimiento. Como: cine-arte, música clásica colombiana, era todo una experiencia tertuliana. Pero con el pasar del tiempo todo empezó a cambiar. Las drogas y la avidez por la subsistencia del poder existir se apoderaron del lugar.

Fue así como conocí a Joaquín. Un niño de nueve años que era mandado por su madre a vender dulces, disfrazado de mimo. Es así como cada vez que yo salía de estos encuentros con la tertulia me encontraba a este niño tratando de ganarse la vida. Tirando chistes o imitando a las personas para ganarse su compasión definida en unos cuantos pesos de vida. Cada fin de semana me quedaba observándolo y esperando el momento de encontrarme a este mimo, a ese infante imitador.

Dos años después en el que las baterías me habían consumido toda mi energía, había dejado la costumbre de ir a la terraza, así que decidí hacerlo de nuevo. Me lleve la gran sorpresa de encontrarme con un lugar que ofrecía diversión de alto nivel. Drogas de todo tipo, llevando consigo una pasarela de jovencitos ofreciendo servicios que nunca pensé escuchar. Llevándome a tomar la decisión de entrar a uno de esos sitios con olor a nicotina, violada por ruidos despampanantes de música tradicionalmente nacional. Me acerque a la barra y pedí un trago doble de brandy. Mientras esperaba a sentirme desigual, se me acerco una persona, tocándome la pierna. Diciéndome ¿Quieres compañía especial? La verdad esa pregunta me llamo bastante la atención ya que una vida acompañada de baterías no requiere de un diferencial capaz de cambiar el diario vivir. Al dejar mi trago a un lado y percatarme de que la persona que se encontraba ofreciéndome tal servicio compartía mí mismo género, las cosas cambiaron.

Me senté a hablar con él, tomamos varios tragos que llevaron a varios roces que fijaban y aumentaban cierta fijación que no sabía que existía en mí. Fue así como terminamos en un cuarto del bar. Resumiendo una situación que se configuraba en un ritual semanal, pasando de ser una confidencia a una alimentación insaciable.

Fue así como una de las noches en las que jugueteábamos me contó como llego ahí, como su trabajo se definía en el placer…“Todos los días era mandado por mi madre a trabajar, antes de salir de la casa me tenía que pintar la cara y practicar un monólogo que me ayudaba a conseguir el diario vivir. Fue así como empecé a trabajar en el sector de la terraza Pasteur. Haciendo que las personas me fueran conociendo y ganándome su aprecio. A veces me daban comida y me dejaban dormir en las bodegas cuando el día era muy duro, la gente me quería.  Pero las cosas empezaron a cambiar… la droga, y las personas que llegaban al sitio iban cambiando. Se empezó a llenar de traficantes y ladrones que buscaban diversión. Cuando conocí a Lugano la forma de ganarme la vida cambio. Un hombre de estatura promedio pero con una forma de hablar que cautivaba. Me ofreció un viaje impredecible. Yo con la inocencia que uno tiene de niño, lo acepté. Me llevo a una casa con un olor a chocante que penetraba mis fosas, iluminado por una luz azul tenue que hacía que el miedo fuera mi compañero. Cuando llegamos a un cuarto entraron dos mujeres, preguntándome si quería algo de tomar, yo respondí que una colombiana. Lugano se sentó al frente de un espejo sin un centímetro de ropa encima, no hablaba desde que llegamos a ese cuarto moderno y terrorífico a la vez. Pasaron unos minutos y entro un hombre robusto con la colombiana en la mano. Lugano le dijo “Doctor este es mi regalito ¿Qué le parece?” el sonrió, me paso la bebida y empezó a quitarse la ropa. Yo no sabía qué hacer, lo único que me hacía seguir adelante era la oferta que me había hecho ese hombre que se encontraba frente al espejo. El Doctor se echó lubricante, iniciando la forma de ganármela de verdad. Así comenzó todo.”

Yo no podía creer que aquel niño que me entretenía en un pasado como mimo ahora lo estaba haciendo de forma carnal, a pesar de que me regocijaba cada noche. Yo necesitaba saber quién era ese tal “Lugano”. Le pedí a Joaquín que me presentara a este hombre. El con cara horrorizada me pidió el favor que no tratara de hacer tal cosa.

Pasaron unas dos semanas y tome la decisión de conocerlo. Me quede en un restaurante de venta de pollo aledaño al lugar. Salía cada diez minutos a ver si alguien se le acercaba a Joaquín. Ya eran la una de la mañana y dos mujeres se bajaron de una camioneta polarizada, acercándose a Joaquín, una de ellas le dijo algo al oído y él le paso algo, no alcazaba a ver muy bien. Yo inmediatamente Salí hacia el lugar en donde se encontraban ellas. Cuando llegue Joaquín quedo estupefacto, sin poder decir una sola palabra. Sin importarme les pregunte a las mujeres que cuanto me cobraban por tenerlas a ellas dos en la cama. Ellas no respondieron, manejado una calma que me llenaba de escalofríos. Saque de mi bolsillo un fajo de billetes y sucedió lo esperado. Un hombre se asomó por la ventana de la camioneta haciéndoles un tipo de señas a las mujeres, ellas me cogieron el pene por encima del pantalón y me invitaron a montarme. Cuando estaba montado una de las mujeres se empezó a maquillar, haciendo que los polvos que se echaban en su cara me arrullaran.

Cuando me levante estaba en un apartamento con un sofá y al frente un televisor con una foto de Dalí en su interior. Yo me encontraba en una esquina del apartamento, tirado. Del sofá se levantó un tipo de ser con unos tacones, pidiéndome que fuera hacia él. Yo me senté en el sofá y él poniendo las manos en mis ojos para que me relajara. Yo no tenía fuerzas de negarme a nada. El ser me pasó dos machetes y me pidió que le cortara la espalda, yo no podía hacer nada más que lo que me pedía, guiado por sus manos. Después de esto empezó a masturbarse, dándome tiempo de cortarle su pene, haciendo que la sangre se volviera la protagonista del suceso. Yo no podía caminar muy bien, llevándome a tomar la decisión de tirarme por la ventana del apartamento.

Fue entonces como mi amor por Joaquín me llevó a estar sentado encima de dos ruedas. Dos ruedas comandadas por mi niño, ese que me da cariño, al que le cuento mis más íntimos secretos. Mi confidente.

Todas las ilustraciones son hechas por Monica Cordoba T.

CONTINUARA…

Mi confidente es un pirobo

 

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