Esa chicharra que no me deja dormir

Bueno todo comenzó cuando yo tenía quince años y desarrolle una habilidad única para conquistar mujeres mayores. Todas terminaban siendo parte de la colección. Mi primer amor fue mi profesora de francés, seduciéndome constantemente con su “Bonjour” mañanero y haciendo que una invasión de chicharras empezaran a tomarse mí estómago. Así fue como empezó una formación de fantasías que se terminaban con el sonido de la radio de mi abuela Inés, todas las mañanas. Esa chicharra que no me deja dormir

Llegaba a la clase y ahí estaba, esa Belga, esa mujer selecta que se había venido a Colombia en búsqueda de lo insólito. Yo no sabía más allá de su acento conquistador, esperando a que me llamara a lista o me escogiera para ir a sacar las fotocopias de alguna actividad que tenía preparada. Podía quedarme horas mirándola, hasta llegue a cambiar el futbol por analizarla calificando a la hora del almuerzo.

Cuando llegue a mi casa, me metí a hacer búsquedas en internet relacionadas en el “¿Cómo conquistar una mujer?”. Eso me llevo a innumerables campos: brujería, ungüentos, bebidas caseras, tenía un repertorio ilusorio, para seguir soñando con poder tenerla. Toda esta búsqueda hacía que mi obsesión creciera y se conectara con un sueño que tuve repetidas veces cuando era pequeño.

En el sueño me encontraba jugando en un parque, mi mamá estaba a lo lejos vigilando que nada me pasara. Corría sin cansancio, hasta que me topé con un árbol que no podía dejar de mirar, esos que por su inmensidad no deja que el sol acaricié la tierra. Me acerque a él y no aguante las ganas de subirlo, fue sencillo ya que sus grandes ramas me permitían dar pasos firmes en el proceso. Pasaron horas y me acosté encima de él, pero algo raro paso. Mi cuerpo empezó a mutar, mis piernas se transformaron en las patas de un insecto, se me empezó a caer la piel de tal forma que casi me caigo tratando de cogerla. Al darme cuenta del cambio una angustia se adueñó del momento. Traté de llamar a mi mama que estaba buscándome. Intente de gritarle pero mi voz había cambiado, emitía ruidos de chicharra, mis patas se habían incrustado en la corteza del árbol haciéndome parte de él. Al pasar las horas podía ver como policías y familiares seguían buscando mi rastro, yo sin poder hacer más que emitir sonidos de insecto. Cuando amaneció el cuerpo que me impedía moverme y ser libre, se abrió dejándome salir, pudiendo disfrutar de nuevo ser Humano.

En Internet encontré una fórmula química para acelerar la dopamina en el cuerpo, causando una emoción tan acelerada que podía llegar a concebirse como un verdadero amor. El único problema era su aplicabilidad. Preparé un sándwich de mantequilla de maní y mermelada, lo empaqué en papel aluminio  y lo deje listo en la mesa para llevarlo al colegio.

Al otro día toda salía como lo había planeado. Llegue a clase de francés y ahí se encontraba ella, con una bufanda que le cubría todo el cuello, su estilo natural y descomplicado me hacían caer en cuenta de lo espontáneo que podía llegar a ser tenerla en la cama. Así que lo primero que hice fue acercarme a su puesto y preguntarle que si podía compartir el receso de clases conmigo comiendo el sándwich que había preparado especialmente para ella. Ella con una gran sonrisa me dijo “claro”. Fue la clase más larga de toda mi vida. Dos horas se convirtieron en una despensa llena de una sustancia mocosa que no me dejaba avanzar al final del tarro.

En el momento en el que sonó la campana, cogí el sándwich y me dirigí a la salida. Ella me hizo señas de que le esperara en la cafetería que tenía que arreglar unos papeles, yo sin dudarlo cogí mis cosas y fui.

Esperándola la ansiedad se sentó junto a mí, tratándome de dar innumerables consejos de cómo abordarla, hasta que llego. Cuando me senté lo primero que me preguntó fue que si quería algo de tomar. Yo con timidez le pase el sándwich, diciéndole que era una receta especial y quería que lo disfrutara. Pedí un agua en botella y ella un capuchino. Mientras abría el sándwich no podía dejar de admirar sus delicadas manos e imaginarlas encima de mi cuerpo. Cuando dio el primer mordisco note que seguía igual, empecé a hablarle de mis otras materias y mi relación con los demás profesores para que todo pareciera normal. Cada vez que el conjunto de harinas, mantequilla de maní y mermelada se deshacían en su boca, la ansiedad volvía a ocupar un puesto en la mesa, pero nada pasaba. Ya no sabía que más hablar , dándome por vencido y esperar a una nueva oportunidad. Cuando le dio el último mordisco al sándwich y un sorbo al capuchino, yo me levante y me acerque a despedirme, ella se acercó a mi oreja, lamiéndola tan repetidas veces que no supe cómo reaccionar. Así fue como termine con mi profesora de francés en uno de los salones del ala antigua de mi colegio.

Así fueron pasando diferentes mujeres por mi vida, unas comprometidas con algún obstáculo y otras simplemente paseando a su perro. Yo seguía siendo una chicharra soñadora, creadora de mundos, de realidades, seguía aferrada a ese árbol inmenso con el que algún día soñé zafarme. Cada mujer que pasa cerca, es una historia, una obsesión, una invasión de chicharras atacando mi estómago de insecto. Así fue como encontré la forma de enamorar diferentes mujeres, todas terminaban siendo mías. Mi colección.

Todas las ilustraciones son hechas por Monica Cordoba T.

Esa chicharra que no me deja dormir

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