LA PETITE MORT

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Sorpresivamente, el gato saltó encima de la mesita que estaba a la izquierda de mi cama. Lo vi en el espejo, me miraba con sus ojos penetrantes, multicolores; el verde me llenaba de ansiedad, el azul me calmaba. Ronroneándome supe que él también lo sentía. Sobaba su piel contra mis piernas, volviéndolas más suaves, más animales, más cuero que piel. Él sentía mi fuego, lo absorbía, lo volvía suyo y me lo entregaba otra vez enredando su cola en mis tobillos.  Me miré en el espejo, sostuve la mirada, no pude dejar de hacerlo. Frente a mí estaba yo, estaba todo.

Empezó a sonar aquella canción que me llevo, una vez más, a bailar conmigo misma. Nadie podía hacerlo mejor, porque nadie conocía los pasos. Era un ritual. Era mío. Solo yo podía apreciar lo majestuoso de mi cuerpo: cada músculo que se tensionaba y se distendía como una ola, cada centímetro de piel, brillante, con los poros abiertos, llenos de agua, regando cada pliegue, cada contorno.

Me movía y mi cerebro me corregía para volver a empezar. Los movimientos tenían que ser perfectos porque todo lo que había delante de mí era perfección: la perfección que buscan los hombres y las mujeres, la que buscamos para asfixiarnos, para ahogarnos en ella. Dolía, pero yo seguía moviéndome, buscando, era algo visceral, difícil de manejar pero a la vez fluía naturalmente en mí.

Una energía empezó a brotar de mis entrañas, salía viscosa de entre mis piernas y trepaba tocándome, fría y caliente a la vez. Subía por mi cuerpo y me chupaba el cuello, pasaba una y otra vez sus manos invisibles por mis tetas, rozando la punta de sus dedos con mi excitación. Algo así se siente la noche, los beats, el caos, el infinito. Yo lo sentía todo.

El tiempo no pasa cuando me miro bailando, pensé. Podría quedarme toda la vida aquí, conmigo misma, estaba desnuda. Sin dejar de moverme, esperé a que llegaran en forma de pensamiento los deseos configurados por mi clítoris (los mismos deseos que otras tienen pero reprimen mordiéndose los labios y bajando la mirada) hasta alcanzar mis dedos y unirse a la danza. Todavía estaba viva así que me vestí. Necesitaba salir, necesitaba abrazarme a la infinidad por un rato, necesitaba sentir el vacío, morir para resucitar.

Decidí salir a caminar, sola pero acompañada de todas las canciones, películas y libros que le daban sentido a todo lo que estaba pasando. Pasé por delante de un tipo que quiso sostenerme la mirada pero se le quemaron los ojos en el intento y me acordé de un personaje de una película; un hombre que soñaba con ser infinito, multiorgásmico, cambiante, insatisfecho, vulnerable como una mujer. Los tipos creen que tienen el control pero, ¿cómo controlar lo qué no se siente?

Caminé un poco más y llegó el momento que había estado esperando, mi momento favorito, en el que se vive toda una vida en unas pocas horas: la fiesta, la noche. El tiempo es relativo, uno elige cuánto se demora en cada experiencia.

Entré al lugar sin pedir permiso. Quería moverme, quería sentir, quería bailar en honor a mi intuición, la que me llevó a ese lugar a rumbear y me avisó que esa era una buena noche para morir.

Ella no falla. Las luces del lugar le dieron todo el sentido al baile que vengo practicando toda la vida. Fue imposible contener las vibraciones, ponerle freno a la onda penetrante que salía de los parlantes, unos golpes oscuros chocaban contra mi escote y se escurrían entre las sombras. Este es el sentido por el que vivo. El único momento y espacio en el que los demonios que habitan dentro de mí tienen una orgía de días y noches, arrítmica, deformada, constante, irregular. La realidad es que vivo caliente porque esa es mi condición, porque todo lo siento, porque todo es contra mí, contra mi cuerpo. Un desafío, para demostrarme que soy carne pura, que tengo sangre que fluye . Nací para esto.

Muchas veces suelo perderme en esa mezcla sentipensante entre mi carne y lo que siento. Y así caigo en miles de agujeros. Pero esa noche mientras caía, un hombre se acercó por detrás. Ni siquiera volteé a mirar; escuchar su respiración y sentir su presencia rozándome fue suficiente para aceptar la invitación. Él entendió que yo era un animal en ese momento y acercó su instinto al mío. Me dio un trago transparente. Parecía un vaso con su saliva. Lo tomé y enseguida el líquido viscoso se mezcló con el color de mis labios lubricados, un poco salados, listos para comerme la vida.

No dijimos nada, porque ninguno de los dos se podía contener en su propio cuerpo. El silencio lo rompió él, con una frase calcada de la página 96 del libro que me había tragado hace unas semanas. “Estuve buscando tus labios en diferentes vidas, por favor no me dejes morir en esta sin probarlos”. Yo le creo al karma, así que dejé que empezara la noche verdadera y el día llegará a su fin.

Si hay algo parecido a ser Dios, creo que es ser mujer. Ser dueña de tus propios ciclos es tener la capacidad de crear tus propias realidades. Y esa noche yo había elegido, era mi vida, mi transformación.

Dejé mi abrigo en el lugar y salimos de la mano, dejando también nuestra ropa a medida que avanzábamos dentro de una oscuridad que posee luz propia. El cliché no tardó en llegar, me dijo que quería hacerme suya, pero otra vez pensé que los hombres no entienden nada. Yo no iba a ser suya, yo iba a ser mía, dejando que él entrara en mi cuerpo.

Nos volvimos prófugos, mercenarios en busca de algo divino, de algo eterno. Yo sabía lo que buscaba, él no.  Era mi secreto, aunque mi cuerpo hablara él no iba a entenderlo. Decidí ponernos a sufrir, para liberar el mar que llevaba adentro, la búsqueda constante, que duele tanto como verme bailar.

Él usaba su boca, sus dedos, su ego, pero era yo quien lo llevaba a sintonizar conmigo, con el único propósito de sacar afuera mi alma y ponerla a bailar al ritmo de nuestras respiraciones. Sus movimientos eran exactos, dos corazones latiendo conjugados para cumplir un fin: el mío. Era mi marioneta sin hilos. El entraba y salía de mí, pero era yo la que entraba bien adentro para arrancarme y salir, hacia la luz, matarme para ponerme nuevamente enfrente y contemplarme. Naturalmente la muerte llegó. Él cargó lo poco que quedaba de su ego y disparó lamiéndome la vagina  cada vez más adentro.  Perdí el control, desaté todos los cordones que me ataban a la vida, grité y me ahogué con mis propios gritos. Me había arrancado a mí misma y estaba en carne viva. Morí y estaba lista para volver a vivir.

Ahora a mi lado había un ser extraño: se parecía un poco a mí, estaba gastado, cansado, pero no podía descifrar por qué me resultaba familiar. Él tenía sed, los labios secos y ganas de llenarse de mí, pidiéndome que le devuelva algo de todo lo que me había entregado. Él era el hombre de aquella película que recordé mientras caminaba, pidiéndome un poco de la eternidad que llevaba adentro.

Ya era de madrugada pero paradójicamente recién estaba anocheciendo, la luna se encargó de apagar el sol, volviéndolo uno con las demás estrellas sin aparente importancia. Me levanté de la cama con los pies descalzos. El suelo estaba caliente. La música lo había tomado todo. Tenía que mirarme en el espejo, tenía que volver a bailar para saber que estaba viva y era perfecta.

Sonó otra canción, pero ya no sonaba como algo que no haya escuchado antes. Miré a través del espejo y la cama estaba desordenada y vacía. El gato caminó sigiloso, me miró desconfiado con su ojo verde, pero el azul me reconocía.

Frente a mí estaba yo, mi yo honesto, desnudo, completo, estaba todo. Ya no había camuflaje, llevaba conmigo impregnada la marca de resurrección, la petite mort que había experimentado, una fuerza natural. Era un hombre infinito porque lo había sentido todo. Podía ser mujer, podía ser hombre, me había convertido en el sueño de aquel personaje viril, totalmente masculino que anhelaba sentir como una mujer. Poseía una energía interminable, insaciable, receptiva, era creación pura.

Fue ahí cuando mi novia llegó, la escuché dejar las llaves en la mesita de madera, haciendo crujir el piso con sus pasos. Entró al cuarto y no pude evitar las ganas de desgarrarle la ropa, de llenarla de mi energía, de entrar dentro de ella, demostrarle cómo es un verdadero hombre, un infinito.

Mientras la penetraba lentamente, la hice morir profundamente como yo lo había hecho, dándome cuenta que había hecho un pacto conmigo mismo, dejando que la luz y la oscuridad vivieran en mí, porque la una no puede vivir sin la otra, crean el equilibrio perfecto.

Esto me llevó a entender que ahora podía sentirlo todo, que por fin podía ser ese hombre que guarda algo de esa infinidad femenina, ese súper poder que se apodera de mí cada vez que bailo, cada vez que creo, cada vez que escribo pero que no me había animado a despertar.

Me erice, la piel me cambio, mi espíritu se fortaleció. Qué pasa si aceptó esos fantasmas para volverlos mis propias armas.

Escrita por Valentín Guzmán G.

Editada por Cecilia Pereyra. 

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